Inteligencia artificial en el aula, entre la innovación educativa y el riesgo de aprender sin comprender
Mientras crece la incorporación de dispositivos digitales en los primeros años de escolaridad, especialistas advierten sobre efectos en la atención, la lectoescritura y el desarrollo cognitivo. Cómo la tecnología puede potenciar aprendizajes sin reemplazar la consolidación de procesos pedagógicos esenciales.

Diversos estudios sobre desarrollo infantil coinciden en que la exposición excesiva a pantallas puede asociarse con dificultades en la atención, el lenguaje y la socialización, especialmente en etapas tempranas. En ese contexto, el foco ya no está en la tecnología en sí, sino en el cómo de su uso pedagógico.
¿La IA ayuda a la comprensión o promueve respuestas sin proceso?
Alejandro Artopoulos, sociólogo y profesor de la Universidad de San Andrés/UBA, sostuvo que la IA “puede favorecer la comprensión porque permite consultar textos, escribir o programar de forma más flexible y rápida facilitar aprendizajes complejos”.
El especialista advirtió por los efectos negativos, especialmente en edades tempranas: “En los niños se están formando capacidades básicas como la atención sostenida, la memoria de trabajo o la tolerancia a la frustración. Si el entorno digital reduce el esfuerzo cognitivo, el aprendizaje se vuelve frágil con el tiempo”, remarcó. «Estas grietas son invisibles al principio, pero pueden ser catastróficas cuando esos niños deban enfrentar problemas complejos», sentenció.
La IA redefine el vínculo docente-alumno y las formas de enseñar
La IA surgió tan repentinamente que no dio tiempo para que docentes, alumnos y toda la estructura educativa tuvieran su adaptación. Presenciamos en vivo, pero con una velocidad inusitada respecto a otras apariciones de innovaciones técnicas, una nueva situación de readaptación de los maestros al factor tecnológico en el aula. Pantallas como celulares y tablets se instalaron de tal forma entre los niños y adolescentes que hoy los Estados avanzan con políticas de prohibiciones y restricciones para frenar algo que parece fuera de control.
Dicho contexto también obliga a revisar los métodos de evaluación y el rol docente. López Yse planteó que el sistema educativo todavía prioriza el resultado final por sobre el proceso de razonamiento. “Seguimos premiando el ensayo terminado o la ecuación resuelta. Con IA podemos certificar conocimientos sin que exista aprendizaje real”, aseguró ante la consulta de este medio.
En ese sentido, el especialista con experiencia en el departamento de IA para Moody’s en Latinoamérica y el Centro Alemán de Investigación en Inteligencia Artificial (DFKI) propone rediseñar las prácticas educativas: “Debemos medir el recorrido intelectual del estudiante y generar evidencia sobre qué tecnologías realmente mejoran el aprendizaje”, destacó.
Artopoulos, por su parte, señaló que estos cambios y readaptaciones generan tensiones dentro del aula. “Hay alumnos que creen que el uso de IA provoca desigualdades en la evaluación. Los que estudian sienten que hay injusticia si otros se apoyan en la herramienta sin controles”, argumentó.
Respecto a los maestros, además marcó un punto clave que muestra el salto vertiginoso que tuvo la tecnología hacia el ámbito educativo: “Muchos docentes tienen miedo de incorporar la IA porque no se sienten capacitados para usarla con maestría”, consideró.
Desafíos pedagógicos: diseñar el uso y no prohibir la tecnología
Ambos especialistas coincidieron en que el desafío central no es limitar la tecnología sino diseñar cómo es su implementación. Se trata de provechar el potencial de la inteligencia artificial sin reemplazar los procesos cognitivos que permiten comprender, razonar y aprender de manera autónoma.
“Estamos ante un cambio de era. El foco debe estar en diseñar el uso, no en prohibir la herramienta”, dijo López Yse. “Primero debemos priorizar las bases cognitivas y luego introducir la colaboración con IA”, apuntó.
Artopoulos subrayó el rol de la supervisión adulta: “Si no hay un adulto que guíe el uso, probablemente se utilice mal o de forma dependiente. Es lo que ocurre con otras herramientas digitales, pero la IA es más poderosa porque trabaja directamente con el lenguaje”, argumentó. De este modo, agregó, uno de los mayores desafíos actuales aparece en las evaluaciones: “Los docentes están revisando cómo medir aprendizajes en un contexto donde la IA puede intervenir en casi cualquier tarea”.
La expansión de la IA y de las pantallas en el sistema educativo plantea un escenario de oportunidades, pero también de riesgos si su incorporación no está acompañada por criterios pedagógicos claros. Existe un consenso social sobre la tecnología como factor para potenciar el aprendizaje cuando complementa los procesos cognitivos, pero allí aparecen los riesgos cuando se los intenta reemplazar, lo que deriva en que los resuelvan tareas sin comprenderlas.
En ese contexto, el desafío educativo ya no pasa por limitar las herramientas digitales, sino por redefinir cómo se enseñan y evalúan los conocimientos. Fortalecer las bases cognitivas, promover el pensamiento crítico y capacitar a docentes y alumnos aparece como la clave para que la innovación tecnológica no debilite, sino que mejore, la calidad real del aprendizaje.

