En la Catedral Basílica y Santuario de la Virgen del Valle Mons. Urbanč celebró la acción gracias por los 19 años de su ordenación episcopal

Durante la mañana de este martes 10 de marzo, el obispo diocesano de Catamarca, Mons. Luis Urbanč, celebró la acción de gracias a Dios por los 19 años de su ordenación episcopal, en la Catedral Basílica y Santuario de Nuestra Señora del Valle.
La Santa Misa fue concelebrada por los presbíteros Juan Ramón Cabrera y Luis Páez, rector y capellán del Santuario Catedral, respectivamente; Diego Manzaraz, canciller y secretario de la Curia diocesana; los párrocos del Sagrado Corazón de Jesús, P. Salvador Acevedo; Santa Rosa de Lima (Capital), P. Julio Quiroga del Pino; San Roque de La Chacarita, P. Carlos Figueroa Arteaga; Santa Cruz, P. Guillermo Chanquía; Jesús Niño, P. Martín Melo; Nuestra Señora del Rosario (Ambato), P. Rogelio Suárez; San Pío X, P. Héctor Salas, y su vicario parroquial, P. Juan Antonio Cabrera; el P. Argentino Lauría y el P. Francisco Urbanč, sacerdote de la Arquidiócesis de Tucumán y hermano del Obispo.
Participaron de la celebración eucarística miembros de instituciones eclesiales, parroquias y fieles en general, entre ellos algunos que llegaron desde Tucumán para esta Eucaristía.
En el inicio de su homilía, Mons. Urbanč comentó: “He venido hoy a la Iglesia Catedral, que es la Iglesia del Obispo, a dar gracias a Dios por estos 19 años de vida episcopal”, tras lo cual agradeció “a todos los que por ese motivo han venido a acompañarme en esta oración, en esta acción de gracias, tanto sacerdotes como laicos”.

Al referirse a los textos bíblicos explicó que para esta celebración eligió uno correspondiente al Libro del Éxodo con su Salmo, “porque esta mañana temprano al rezar el oficio de lecturas, en que solemos meditar textos bíblicos, para este año tocaba este texto del Éxodo, que a mí me ayudó a pensar en el ministerio episcopal, el don del sacerdocio, que Dios me otorga. Ahí aparecen las figuras de Moisés y de Aarón. Vemos a Moisés como el conductor del pueblo de Israel y a Aarón, su hermano mayor, que fungía de sacerdote. A uno le toca hacer de ejecutivo, que era Moisés; y el otro tenía que acompañar con toda la vida de oración la fidelidad del pueblo, pero falla, se deja doblegar por un pueblo inconstante, que no soporta vivir una relación con Dios, al Dios que no se ve, sino que ese Dios tiene solamente contacto con un representante, que en este caso era Moisés. Y Moisés se aparta por cuarenta días a la montaña a orar y el pueblo no soporta y lo apura a Aarón que les haga un becerro de oro para que lo adoren, porque quieren tener un Dios que se ve, que se toca”.
“Muchas veces nos quedamos en eso y nos olvidamos del Dios trascendente, así viene esta apostasía del pueblo judío con el sacerdote a la cabeza, apartándose de Dios y buscando un ídolo, olvidándose de aquel mediador ante Dios, que es Moisés. Éste es el contexto de la lectura del Éxodo”, dijo, señalando que “me interesaba mucho en la lectura ver cómo Moisés se juega por su pueblo. Dios está dispuesto a destruir a ese pueblo prometido a Abraham y que lo fue formando y se desarrolló en Egipto… Pero Moisés tiene agallas y dice: ‘No, yo me juego por mi pueblo y salgo en defensa de este pueblo, incluso infiel… porque es el pueblo que Dios eligió’. Tiene una narración muy humana, desde la perspectiva del ser humano”.
Seguidamente compartió una parte de la homilía del Papa Benedicto XVI sobre este texto, en la que, entre otros conceptos, expresa que “la súplica de Moisés se centra en la fidelidad y la gracia del Señor. Moisés, el intercesor es el hombre dividido entre dos amores que en la oración se unen en un único deseo de bien. Pide que el Señor continúe fiel a su historia de elección y de salvación perdonando a su pueblo y pide a Dios que se muestre más fuerte que el pecado y que la muerte y con su oración provoca esta revelación divina… En Moisés, que está en la cima del monte cara a cara con Dios, y que se hace intercesor por su pueblo ofreciéndose a sí mismo, los Padres de la Iglesia han visto una prefiguración de Cristo que en la alta cima de la Cruz realmente está delante de Dios, no sólo como amigo sino como hijo, y no sólo se ofrece: ‘Bórrame’, sino que con su corazón traspasado se hace borrar. Se convierte, como dice el mismo San Pablo, en pecado, llevando consigo nuestros pecados para salvarnos a nosotros. Su intercesión no es sólo solidaridad sino que se identifica con nosotros, nos lleva a todos en su cuerpo, y así toda la existencia de hombre y de hijo es el grito al corazón de Dios: ‘Perdón’. Pero un perdón que transforma y renueva”.
En sintonía con esta reflexión, el Obispo pidió al Señor “para que esta identificación nos renueve y nos transforme, porque el perdón es justamente renovación y transformación”, y “para que tengamos siempre ese corazón manso, humilde, paciente y lleno de misericordia para saber perdonar… Que estemos dispuestos como Moisés, como Jesús, para interceder por el pecador, por aquel que está mal, desorientado, y así podremos estar poniendo en práctica el texto del Evangelio de hoy”.
Como Obispo rogó a Dios la fortaleza para a acompañar a los hermanos en el camino de conversión con un corazón de padre.
“Que después de 19 años de este ejercicio episcopal, lo que Dios me dé por delante lo pueda hacer mejor. Él es el que hace la obra y con la ayuda de la oración de ustedes, esta tarea podrá ser llevada adelante, descubriendo que el que obra es el Señor a través de nuestras frágiles fuerzas humanas”, expresó.
Durante la celebración eucarística se oró por la salud de Mons. Alberto Bochatey, administrador apostólico de la Arquidiócesis de La Plata, quien este 9 de marzo cumplió 13 años de su consagración como obispo.
Luego de la bendición final, todos los presentes alabaron con el canto a la Madre de Jesús en su advocación del Valle.
Como corolario de esta acción de gracias, Mons. Urbanč recibió el saludo afectuoso de los fieles.
