San Valentín en la era digital: tiempos de amor y algoritmos

En esta época, el Día de los enamorados encierra una paradoja: aunque se amplió el abanico de vínculos posibles, crece el miedo al compromiso.

Cada 14 de febrero, el Día de los Enamorados vuelve a poner el foco en los vínculos afectivos. En una época atravesada por aplicaciones de citas, redes sociales e inmediatez, la forma de relacionarse cambió, pero las preguntas de fondo siguen vigentes. La psicóloga social Gabriela Alesi sostiene que, aunque hoy existen más opciones y mayor apertura, persiste una dificultad central: muchas personas desean compañía, pero temen el compromiso que implica construir un vínculo.

La celebración de la fecha funciona como un amplificador. Las vidrieras se tiñen de rojo, las redes sociales exhiben cenas y escapadas, y el foco se posa, inevitablemente, en el vínculo de pareja. En ese contexto, la pregunta incómoda no es quién ama, sino cómo se ama.

La profesional plantea que las formas de relacionarse no están por fuera de la lógica de época: inmediatez, consumo e individualismo. “Queremos lo fácil, lo que no implique pérdida ni riesgo”, explica. Las aplicaciones de citas y las redes sociales “patearon el tablero”, pero no resolvieron el dilema central constituido por la tensión entre el deseo de conexión profunda y el miedo a la implicación que supone sostener un proyecto de pareja.

En ese marco, la elección de pareja también parece haber cambiado de criterio. Se busca a alguien “parecido”, compatible, sin demasiadas aristas. Pero el deseo, según Alesi, no nace de lo idéntico sino de lo diferente, de la distancia que habilita curiosidad y exploración. Cuando todo es espejo, no hay misterio.

Los estudios que analizan vínculos iniciados en la virtualidad muestran, según cita la especialista, menores niveles de satisfacción, intimidad y compromiso. Para Alesi, el equívoco radica en confundir sexo con intimidad. “Intimar es conocer los fantasmas y pensamientos del otro”, afirma. El encuentro físico, sin esa construcción previa, puede quedar reducido a un acto biológico sin densidad emocional.

También aparece el temor al cara a cara. La virtualidad permite administrar la imagen, editar lo que se muestra y evitar la exposición directa. En una sociedad donde la mirada ajena interpela constantemente, el encuentro tangible se vuelve más riesgoso que el intercambio digital.

En las parejas consolidadas, en tanto, el desafío es otro: no resignarse a una convivencia funcional atravesada por obligaciones económicas o familiares. Cuando el vínculo deriva en una relación más fraternal que erótica, el contacto físico se vuelve un termómetro.

Del martirio al marketing

Pero la fecha no nació en un algoritmo. El origen del 14 de febrero se remonta a la figura de San Valentín, un obispo nacido en Terni, Italia, en el siglo II, cuando el cristianismo aún era perseguido por el Imperio Romano.

Durante el gobierno del emperador Claudio II el Gótico, se prohibió el matrimonio de los soldados bajo la creencia de que la soltería fortalecía su rendimiento militar. Valentín, en desacuerdo con esa decisión, comenzó a casar parejas en secreto, desafiando la orden imperial.

Descubierto, fue encarcelado, torturado y finalmente ejecutado el 14 de febrero del año 270. Su figura fue posteriormente reivindicada por la Iglesia y, en el año 494, el papa Gelasio I estableció oficialmente la fecha como día de culto.

Con el tiempo, la celebración cristiana se superpuso con antiguas festividades romanas como la Lupercalia, asociadas a rituales de fertilidad. Así, la conmemoración religiosa fue resignificada y terminó convirtiéndose en una de las fechas comerciales más fuertes del calendario occidental, solo superada por la Navidad.

La historia muestra que el Día de los Enamorados nació ligado a una idea de compromiso y desafío al poder: unir parejas incluso en contextos adversos. Siglos después, en un escenario donde las opciones abundan y el riesgo parece menor, el desafío ya no es casarse en secreto sino animarse a construir.

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